A veces me siento y me siento, escucho mi aliento lento, mi corazón a tiempo, mis pies posados como cimientos. Pero otras veces, no ocurre así, mis pies aparecen postrados como telas de araña, mi respirar son suspiros que con suerte son rítmicos y mi palpitar ahora es un galopar del potro fatigado. A veces, siento que yo no soy quién soy yo, pero. ¿Quién soy yo? ¿A quién me refiero cuando hablo de yo, de mis gustos? Del otro yo que tomó el camión o el que se fue a dormir temprano. O del yo que se muestra acostado intentado descifrarse con letras. Los más inoportunos y pasajeros, se referirán al yo más alto, con barba, quizá exitoso y de renombre, pero eso no me importa, pues no lo conozco aún y no se ha tomado la molestia de presentarse ante mí.
Recorro mis días con la incertidumbre, ¿Qué yo seré yo el día de mañana?. Este tipo de preguntas me arrebatan el día, y la noche, no logro pensar y duermo con la espina que el otro yo llegará a mi cuarto y se pondrá mi propia ropa, aquel yo que no conozco, lo espero con las luces en alto, sin miedo a aluzarlo, a encontrar la anomalía en él o, la casualidad y lo banal, tal vez me agüite cuando lo vea. O ya lo he visto, no lo sé.
¿Son los cielos azules? O es la imagen de los cielos las que nos recuerdan que son azules. En la historia, cualquier hecho que no sea comprobable, que no tenga vestigios o rastro de su existencia, se mantiene como "inexistente", como si todo aquel que haya recorrido el sinfín de este mundo tenga que caminar con calzado de huella, para que la gente lo reconozco y no se olvide.
Tierra de olvidados, gente de incertidumbre. Soy lo que soy, quién soy me mantiene firme y quién he sido, me mantiene lúcido. Solo la muerte sabe quién somos en realidad, y sí, no es hasta el lecho de muerte que conoces a aquel yo del que tanto se cuestiona y se duda, no es hasta la oscuridad cuando nos conocemos en realidad. Soy, he sido, y no tengo miedo a dejar de ser, porque siempre seré.
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