Y a esto le temía, al reproche crónico encargado de desvanecer los faroles en la noche, a la neblina desnubecida por la entrada de espectros luminosos o a la luz, encontrada detrás los charcos grisáceos, llenos de humo y olor a ciudad, contingencia humana y risas desamparadas. La destrucción inmediata. Ya no le temes a la oscuridad, caminar con los ojos cerrados ha ayudado a guiarte por los instintos, intocable por aquellos que se atreven a verte, tu mente filosa los hace tronar, bendito festín de cuetes sobre el asfalto. Dejas un rastro, de cera derretida con toques de lichis color domingo. Eres tú la que talla el lienzo día con tus pinturas de óleo, la que cierra los ojos y produce fotogramas a distancias, la que salta y es capaz de tocar la cima del chupinaya. Tu olor bucal es de tamales rojos con frutos morados, misterioso como los bazares de libros, siempre se encuentra algo nuevo. Eres el libro añejado olor madera, el oscuro de tus cejas prevalecen y tu piel son tenues hojas, frágiles al rosar de los dedos. Tienes capítulos inconclusos, rotos a la mitad, el número de las paginas son imperceptibles, como sabré que te estoy leyendo adecuadamente. Creo que empecé con el final, llegué tarde, de haber leído tu prólogo todo sería distinto. Te unes por estructuras silábicas y pareciese que fueras solo una, hasta que son corrompidas por la prepotencia de la tilde y un hiato, en eso te convertirías. A un sonido tónico de distancia, solo funcionan para hacer métricas y son contadas, ya no son palabras, sino versos, ya no son letras, sino números, ya no es un texto, ahora es el poema.
Tal vez
Si te vuelva a leer
Pertenezca a la historia
Y mejor
Sea el título de un capítulo
Y
A la larga quizá,
Sea nombrado en el epílogo.
Te recordaré en los libros
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