Y ahí estuve, toda la tarde tratando de llevarme la estatua de mármol desgastada, estrecha y rígida como una viga de metal. Mi cara empapada ya no mostraba muestras de afecto, mis labios entreabiertos aún suspiraban desde que llegué. Mis manos calientes y sangrantes, todavía sostenían la soga que usé para moverla, una con un fuerte lazo aferrado a soltarla y la otra, mostraba muecas de hilos escarlata. Me di cuenta de un error, de haberlo previsto antes de llegar al museo, tal vez me hubiera acercado a las estatuillas con tenue brillo de oro. Durante 8 horas estuve enredando a aquel monumento de pies a cabeza, cubriéndola por completa con mi fuerte lazo (o al menos yo lo consideraba así), y cuando creí que estaba lo suficientemente atrapada, jalaba de la soga para subirla a mi camioneta, una maniobra eficaz y que no requería de tanto esfuerzo, (o al menos eso fue lo que quería lograr). Me hizo falta un nudo, o dos, o un moño de regalo, no sé, no fui boy scout de pequeño, en cada intento solo giraba en frente de mí y regresaba a su posición inicial, las redundancias acabaron con mi día, mi tiempo. Si tan solo me lo hubieran advertido... Regreso a casa, sostengo una taza de té caliente con mi mano sangrante y enfrente del botiquín, me rehúso a usar desinfectante ni pomadas cicatrizantes, quiero que permanezca el dolor, se adueñe de mi y, nunca olvidar.
Talvez lea un documental para hacer nudos en la mañana.
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